La lluvia comenzó a golpear el cristal de la ventana a la hora acostumbrada. Esa hora, que recogido en la cama te da pereza moverte. Te quedas en silencio, amortiguas la respiración contra la sábana y escuchas atentamente. Bueno, eso hice yo. Y me gustó el resultado. Los ojos se volvieron vagos, y los párpados pesados comenzaron a cerrarse nuevamente. Por fin, fundido en negro.

Me despertó el fuerte aliento a arenque del perro. ¡Son las ocho y media! Parecía que gritaba, sobresaltado, mientras se apretaba las piernas traseras para no soltar lastre. Cogí la indirecta y bajamos a la calle.

Creo que escuché que hacía falta la lluvia. Seguramente para llenar los embalses, para limpiar el ambiente y las calles, minadas de excrementos de perro. (Hablo de Ferrol, en China no tengo ni idea). Seguramente, era necesaria.

Como mi lema de este año, es que “Sólo tengo una vida”, decidí salir igualmente a la calle. Primero, ya lo dije a pasear al perro, luego a misa, al pan y por fin de compras. Me pasé por el Odeón. Había gente. Alguna, más que cualquier domingo por la mañana, supongo. Lo que no había era rebajas, o sí, no lo sé, porque yo no compro en rebajas, compro cuando me hace falta algo. Solamente.

Como decía, como “solo tengo una vida” salí a la calle. No te voy a decir que tú lo hagas. No voy de gurú, no me interesa. Haz lo que quieras. Yo salí, me mojé y me he secado y ya estoy aquí, oliendo el bizcocho del horno, que no comeré, y escuchando a todo ese batallón de críos pelearse delante de la consola.

[…]

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