No solo el aroma del café recién hecho entra en la biblioteca, sino también las notas armoniosas y plácidas de Chopin, ese Opus 9, núm. 1 en B menor… Es extraño como se llena de quietud en esta mañana de tamboriladas y risas infantiles, rasgar de papeles y cajas, y el castañeo del próximo a extinguirse turrón.

Un temporal de mar y viento azota la ventana, que trémula aguanta el embate con inerte paciencia.

Y se hace por un instante, el intervalo de un tañer de corazón, el silencio total, que como un manto de nieve, cubre la estancia. Esa que huele a papel y café en partes iguales.

Al mirar por la ventana, observa la suerte de tesoros que ha traído la marea a la orilla… las coloridas piezas de los legos,  las aventuras encuadernadas de Greg y el señor Stilton, el barro del juego de cerámica, o las amarfiladas figurillas de los juegos de mesa… sobre una roca descansa un amasijo de ropa y calzado, y a los pies de una duna, de la resaca alguien ha rescatado los platos vacíos en los cuales se conservan los vestigios de un roscón.

¡Es insólito! Piensa el caminante por la playa, cómo en los días que corren de miseria intelectual, ha vencido la ilusión de millones de niños a los millones de mezquindades de tantos soberanos adultos….

Y el caminante, que peina canas y ya no fuma en pipa, abarloado a un muro de templanza y pizarra, medita, en como una banda y otra orquestan el todo para convertirlo en la nada. Esa ruin manera y villano modo de adjetivar las esperanzas para traducirlas en números. Y sí, los números son importantes, lo son más las almas que se esconden detrás de ellos… y el caminante, a duras penas, se aferra al norte, porque se sabe que en el fondo esto lo piensa porque es el día de Reyes, porque regurgita todavía la pera confitada y los polvorones que rodearon un nacimiento de chocolate y almendras garrapiñadas, de villancicos y panderetas. Y se escuda en la magnífica visión de Rubens, esa copia de copia que sobre su cabeza se alza en la pared armónica de la biblioteca, donde las columnas salomónicas de libros desafían el equilibrio de las cosas y su inteligencia a la que cantó el poeta, J.R. Jiménez…

¿Cuándo desapareció la luz azul de la estrella? ¿Cuándo dejó de significar epifanía manifestación?  Cuando se convirtió en icono del capitalismo y del consumismo para unos, y su antagónico paroxismo para los otros, difuminada la luz en el oscuro teatro de la noche, perdiendo el brillo pueril, los ojos del caminante. Y aún así, vence cada seis de enero.

Y vence porque surge como una tímida flor que nace al calor de una luz brillante y limpia, pura y cristalina, inocente.

Y llegaron los Reyes Magos, llevando en sus alforjas oro, mirra e incienso. Portando ilusión y magia, ajenos a correligionarios y refractarios. Soportando sobre sus milenarios hombros la esperanza. Porque al final, la Epifanía también significa eso: esperanza. La esperanza que se dibuja en la ilusión que ilumina los ojos de cada niño, esos niños de cero a cien años que pueblan la tierra.

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