Domingo de Mer… da igual.

Domingo de Mer… da igual.

Llueve.

Llueve, y hace frío, y ventea; y el viento viene frío, húmedo y envenenado. Ráfagas a bocajarro, de las que hacen daño cuando te golpean en la cara y en las piernas.

Hoy no he salido a correr. Ni siquiera a pasear. Me he comprado una rosca de medio kilo donde Modesto Hermida, he ido a misa, y para casa derecho.

Sigue lloviendo.

Le he dicho al perro de salir a mear… me ha mirado de soslayo. Luego, cuando le he insistido me ha soltado una mirada entre sorpresa y disgusto. Se ha levantado y se ha pesado la vejiga. Ha suspirado, y encogiendo los hombros, taciturno, ha encarado la puerta de la calle.

Llueve, me mira el perro, llueve repite con la mirada antes de salir a la calle, donde un viento helado y mojado nos recibe traidor.

Mira hacia cielo, luego hacia mi, y aullando, parece decir: ¡Domingo de Mer… da igual, con tal de quedarme en casa!

#solotengounavida

 

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¿Por qué corres bajo la lluvia?

¿Por qué corres bajo la lluvia?

En ese afán de los que nacemos con prisa, no nos damos cuenta, o lo hacemos demasiado al borde del abismo, de que “solo tenemos una vida”, y que todavía no ha llegado el momento de apurar el último soplo, sino de mantenerlo en el paladar y degustarlo como un buen caldo.

Allá por el año 1984, mis pies comenzaron a despegarse del suelo. Noté, con cierta excitación, que el pulso no se aceleraba, ni entraba en barrena el latido, y solamente anduve. Empecé tímidamente aquel recorrido de apenas quince kilómetros que abarcaba desde el Monasterio de Bugedo, con los Hermanos de La Salle hasta Sobrón, una tierruca bonita y salpicada de chopos, donde se había establecido el campamento. A la vera, el río de agua fría, por ende los mosquitos del estío.

No paré de andar. Y tal vez, eso fue el salvavidas de mi vida. El que hizo posible que me recuperara de la operación de la espalda, el que hizo que no perdiera el norte en todas aquellas largas y agónicas jornadas de mar, o que me despegara del infarto cuando lo kilos y la grasa sitiaban mi organismo.

De andar pase al trote y del trote al vicio por correr. Un vicio que estoy experimentando cada día desde hace unos meses. Tienen razón los que dicen que engancha.

Hoy, víspera de Reyes del año 2016, bajo la lluvia torrencial y caprichosamente helada de la mañana, en la Avenida del Mar, aquí en Ferrol, me pregunté por qué estaba corriendo bajo la lluvia. No tuve que hacer ningún esfuerzo adicional para encontrar razones suficientes:

La primera, porque ya estaba corriendo.

La segunda, por la sensación de libertad. Suena a chorrada, pero los que lo habéis experimentado lo sabéis.

La tercera. ¿Era realmente necesaria una tercera razón para continuar corriendo bajo la lluvia? Acaso, ¿no eran poderosas razones las dos primeras para continuar buscando más?

Si, ahora, mientras me bebo (¡atención!) el café descafeinado con leche desnatada y sacarina, que ni es café ni es ná de ná, alguien me formulara la pregunta del epígrafe

¿Por qué corres bajo la lluvia?

Creo, sinceramente, que, y tras haberlo meditado, le respondería

¿Y por qué no?

La lluvia en Ferrol es una…

La lluvia en Ferrol es una…

La lluvia comenzó a golpear el cristal de la ventana a la hora acostumbrada. Esa hora, que recogido en la cama te da pereza moverte. Te quedas en silencio, amortiguas la respiración contra la sábana y escuchas atentamente. Bueno, eso hice yo. Y me gustó el resultado. Los ojos se volvieron vagos, y los párpados pesados comenzaron a cerrarse nuevamente. Por fin, fundido en negro.

Me despertó el fuerte aliento a arenque del perro. ¡Son las ocho y media! Parecía que gritaba, sobresaltado, mientras se apretaba las piernas traseras para no soltar lastre. Cogí la indirecta y bajamos a la calle.

Creo que escuché que hacía falta la lluvia. Seguramente para llenar los embalses, para limpiar el ambiente y las calles, minadas de excrementos de perro. (Hablo de Ferrol, en China no tengo ni idea). Seguramente, era necesaria.

Como mi lema de este año, es que “Sólo tengo una vida”, decidí salir igualmente a la calle. Primero, ya lo dije a pasear al perro, luego a misa, al pan y por fin de compras. Me pasé por el Odeón. Había gente. Alguna, más que cualquier domingo por la mañana, supongo. Lo que no había era rebajas, o sí, no lo sé, porque yo no compro en rebajas, compro cuando me hace falta algo. Solamente.

Como decía, como “solo tengo una vida” salí a la calle. No te voy a decir que tú lo hagas. No voy de gurú, no me interesa. Haz lo que quieras. Yo salí, me mojé y me he secado y ya estoy aquí, oliendo el bizcocho del horno, que no comeré, y escuchando a todo ese batallón de críos pelearse delante de la consola.

[…]