¡Rómpele los dientes de una patada!

¡Rómpele los dientes de una patada!

Corro. Hace frío pero corro. Cero, dos, se mantiene. Cada bocanada de aire recorre el circuito respiratorio de mi cuerpo dejándolo helado, pero no tanto. Aumento. Más, más, un poco más. Desde este punto, veo la meta. Trescientos metros. Un poco más. Doscientos, ciento cincuenta, noventa. ¡Un último esfuerzo! Veinticinco. ¡No puedo! Tres, dos y medio, dos,…, eterno el uno. ¡Ya!

Han sido, creo, los kilómetros más fríos. No había pasado tanto frío desde el invierno del dos mil cuatro en Estambul. Sí. Allí pasé frío, aquel febrero. Amarrados a un “duque de Alba”, en el fondeadero, frente al palacio Küçüksu. Pies insensibles y manos muertas. Esperando el wáter taxi. Así, más o menos, aunque también puede que exagere. Hubo otros lugares y momentos, pero se haría eterno de relatar, y para eternidad ese último metro esprintando hasta la meta.

Pero regreso al presente. Son las nueve y cinco más o menos. El galgo de mirada torva me interroga.

  • ¿Por qué hoy con el frío que hace?

Podría responder un simple porque sí, pero se merece algo con más fundamento. Ese porque sí se me antoja, cuando menos, huérfano en un día tan gélido.

Ayer, lo hablaba mientras lo relataba, lo pienso mientras lo escribo. Ayer, decía y digo, tarde de frío y anémico en lluvia, jugaba una niña. Tocó en casa, prosigo. Imagínate, continuo, frío y humedad. El encuentro fue intenso. Esa intensidad de niños de nueve años dándolo todo. Jadeo infantil, y gritos de ánimo. ¡Adelante! ¡Vamos! ¡Presión! Se escucha al unísono en armonioso coro los ciento de improvisados entrenadores que surgen, pues en el corazón de cada padre y madre hay un entrenador encubierto.

¿En qué momento de la historia, el fútbol base pasó de ser un juego de niños …  a convertirse en un degradante cuadrilátero…  degradan el título de padre o madre a la altura de la impudicia?

Encuentro intenso. Llegó el empate. Algún fugaz empujón, una pierna loca que se suelta, un brazo que se escapa. Nada fuera de lo normal, le digo.

Entonces, llega el momento trágico de la historia. El galgo atento se encorva sobre sí mismo y se tumba en la manta. El olor del café reverbera en la cocina, al igual que el de la fruta recién cortada. Hago una pausa dramática.

  • Eso dicen en el teatro.- Me justifico. Él asiente.

No estaba todo dicho. De repente, salida de la nada, una mujer oronda y de pequeña estatura, el pelo recogido en una pobre cola de caballo, paupérrima por la elaboración y la cantidad de cabello, irrumpe desde la platea. Se abalanza hacia la verja, ¡bendita y oportuna verja!, que separa infantes de padres, y asida a ella, desbordada y henchida de una rabia incontenida comienza a chillar.

  • ¡A la niña, rómpele los dientes de una patada!

¿En qué momento de la historia, el futbol base pasó de ser un juego de niños, un taller de aprendizaje y un medio de socialización a convertirse en un degradante cuadrilátero donde unos pocos energúmenos degradan el título de padre o madre a la altura de la impudicia? El galgo de piel barcina no sabe que responder. Acierta a emitir un lamento gutural, únicamente.

Esta mañana podría responder con un simple sí. Corro porque me apetece y punto. Pero, quizás, el galgo, hoy, merece una razón más contundente.

Tal fue el vocerío de la madre, venida a menos en título nobiliario, que arengó a los prepúberes que con saña golpearon y patearon en el suelo a la chiquilla. Algo normal en el lance del juego, se podría creer, mas no justificar.

El árbitro pita falta al borde del área grande. Malestar en la afición de la sublevada señora. El árbitro no se amedrenta y amonesta al muchachillo que con más virulenta forma se ensaña. Más griterío y pitadas.

Y, no. No, no, no, no… no hubo una voz que a mano alzada e indignada de su propia afición la recriminara. Al contrario, un hombre que a su vera estaba, alto y espigado y con un gracioso sombrerillo de lana; un hombre barbado y adulto, tan sólo, tan sólo le rió la gracia. ¡Maldita gracia! Adivino que clama el perro, que tumbado sobre su manta, cruza ambas patas delanteras. Mas, no hubo nada. (Ahora, mentalmente recreo el Requiem de Mozart).

Y cuestión de la divina comedia, y la justicia poética que retumba en la bóveda. Un gol marca la diferencia, y la niña que es una parte del todo del engranaje gana. Gana su equipo, gana ella. Gana la inocencia, gana ella. Ganan los padres pausados. Ganamos todos. Allá quedará en su averno particular quien no sabe contener su ira.

  • Por eso he corrido en la mañana fría. – Finalizo.
  • Y por eso te he acompañado, parece que dice quietamente.

 

Tercera Jornada.

E.F. Racing de Ferrol 3 – 2 Rápido de Neda “B”.

 

#Solotengounavida.

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Y llegó el día de Reyes. Reflexión cerrada.

Y llegó el día de Reyes. Reflexión cerrada.

No solo el aroma del café recién hecho entra en la biblioteca, sino también las notas armoniosas y plácidas de Chopin, ese Opus 9, núm. 1 en B menor… Es extraño como se llena de quietud en esta mañana de tamboriladas y risas infantiles, rasgar de papeles y cajas, y el castañeo del próximo a extinguirse turrón.

Un temporal de mar y viento azota la ventana, que trémula aguanta el embate con inerte paciencia.

Y se hace por un instante, el intervalo de un tañer de corazón, el silencio total, que como un manto de nieve, cubre la estancia. Esa que huele a papel y café en partes iguales.

Al mirar por la ventana, observa la suerte de tesoros que ha traído la marea a la orilla… las coloridas piezas de los legos,  las aventuras encuadernadas de Greg y el señor Stilton, el barro del juego de cerámica, o las amarfiladas figurillas de los juegos de mesa… sobre una roca descansa un amasijo de ropa y calzado, y a los pies de una duna, de la resaca alguien ha rescatado los platos vacíos en los cuales se conservan los vestigios de un roscón.

¡Es insólito! Piensa el caminante por la playa, cómo en los días que corren de miseria intelectual, ha vencido la ilusión de millones de niños a los millones de mezquindades de tantos soberanos adultos….

Y el caminante, que peina canas y ya no fuma en pipa, abarloado a un muro de templanza y pizarra, medita, en como una banda y otra orquestan el todo para convertirlo en la nada. Esa ruin manera y villano modo de adjetivar las esperanzas para traducirlas en números. Y sí, los números son importantes, lo son más las almas que se esconden detrás de ellos… y el caminante, a duras penas, se aferra al norte, porque se sabe que en el fondo esto lo piensa porque es el día de Reyes, porque regurgita todavía la pera confitada y los polvorones que rodearon un nacimiento de chocolate y almendras garrapiñadas, de villancicos y panderetas. Y se escuda en la magnífica visión de Rubens, esa copia de copia que sobre su cabeza se alza en la pared armónica de la biblioteca, donde las columnas salomónicas de libros desafían el equilibrio de las cosas y su inteligencia a la que cantó el poeta, J.R. Jiménez…

¿Cuándo desapareció la luz azul de la estrella? ¿Cuándo dejó de significar epifanía manifestación?  Cuando se convirtió en icono del capitalismo y del consumismo para unos, y su antagónico paroxismo para los otros, difuminada la luz en el oscuro teatro de la noche, perdiendo el brillo pueril, los ojos del caminante. Y aún así, vence cada seis de enero.

Y vence porque surge como una tímida flor que nace al calor de una luz brillante y limpia, pura y cristalina, inocente.

Y llegaron los Reyes Magos, llevando en sus alforjas oro, mirra e incienso. Portando ilusión y magia, ajenos a correligionarios y refractarios. Soportando sobre sus milenarios hombros la esperanza. Porque al final, la Epifanía también significa eso: esperanza. La esperanza que se dibuja en la ilusión que ilumina los ojos de cada niño, esos niños de cero a cien años que pueblan la tierra.